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La atención educativa a la infancia de 0 a 6 años en Cuba

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 La infancia temprana constituye una etapa fundamental en el proceso de desarrollo y formación de la personalidad. Esta afirmación es generalmente aceptada y compartida por psicólogos y pedagogos, independientemente de las tendencias, teorías y escuelas a las que se adscriben. Esto está fundamentado esencialmente por la gran plasticidad del cerebro infantil en las tempranas etapas del desarrollo, que sin constituir una tabula rasa en la que puede inscribirse cualquier impresión, si ofrece amplísimas posibilidades para el establecimiento de conexiones que pueden servir de base para el registro y fijación de las más variadas estimulaciones.


Los múltiples datos científicos obtenidos en innumerables estudios e investigaciones han evidenciado que en esta etapa se sientan las bases, los fundamentos esenciales para todo el posterior desarrollo; así como la existencia de grandes reservas y posibilidades que en ella se dan para el desarrollo y formación de las más diversas capacidades y cualidades personales.


Constituyendo un período con tan amplias posibilidades, resulta de gran interés conocerlo en toda su profundidad para sobre la base de este conocimiento, científicamente fundamentado, poder organizar y estructurar las fuerzas educativas, dirigidas a lograr el máximo desarrollo posible en cada niño. Todo lo expresado fundamenta la necesidad de conocer las particularidades de tan importante momento del desarrollo infantil y de preparar, capacitar a las personas, familias y educadores, encargados de su educación. Resulta a veces grandemente contradictorio el reconocimiento, fundamentado en investigaciones científicas y en la experiencia práctico-pedagógica acerca de las enormes, extraordinarias posibilidades de los niños en esta etapa inicial de su desarrollo y la no consecuente decisión de los países, aún los más desarrollados de incluir esta etapa como parte de su sistema educacional.


Para la explicación de los factores que influyen en el desarrollo de la infancia temprana, las fuerzas que lo mueven, las condiciones en que se realizan, es necesario partir de consideraciones de carácter general. En primer lugar, resulta indispensable considerar que el desarrollo, en una determinada etapa de la formación de la personalidad, ha de insertarse en una teoría o concepción general.


Muy ligadas a las posiciones que considera la experiencia genética, hereditariamente fijada y transmitida como determinante del desarrollo, se encuentran las obsoletas teorías biologisistas, evolucionistas, naturalistas, que tratan de explicar el desarrollo infantil. Estas teorías prevalecieron durante muchos años en la teoría psicológica general y aunque el avance científico ha mostrado su incapacidad teórica, no han desaparecido totalmente de la arena psicológica, aunque hoy se presenten de una forma encubierta o enmascarada. Estas teorías tratan de explicar el desarrollo infantil como un simple transcurrir y desenvolverse, el núcleo esencialmente hereditario con el que el sujeto fue dotado desde su nacimiento, de igual forma que en una semilla se encuentra el germen de todo lo que una planta llegará a ser.


El desarrollo científico en el decursar psicológico hizo cada vez más evidente la necesidad de considerar el factor medio ambiente en la explicación del desarrollo humano, surgiendo así las teorías, que en una u otra medida, tuvieron en cuenta el medio en que el sujeto vive y actúa la experiencia individual de interacción del sujeto con su medio específico dio lugar a diferentes explicaciones, unas, en las que prevalecía fundamentalmente el factor genético, hereditario, y para las cuales el medio constituía solamente el campo en el cual tenía lugar el desarrollo y cuya simple función era favorecerlo o no, hasta la más progresista de esas explicaciones que consideraba la convergencia de ambos factores, aunque en general, siempre dieron más peso al primero. En estas teorías generales nunca encontró una verdadera respuesta explicativa a la interrogante acerca de cuáles son las fuerzas que mueven ese desarrollo; más que a explicaciones se limitaron solamente a descripciones de lo que ocurría y de cual era el producto en cada momento de ese desarrollo y del curso del mismo.


Las propias investigaciones realizadas aun dentro de estas mismas concepciones pusieron de manifiesto muchas de sus inconsistencias y en medio de estas luchas biologicistas y ambientalistas surge una teoría más completa y abarcadora: la teoría del desarrollo histórico – cultural. En esta teoría, planteada esencialmente por L. Vigotsky, se muestra la especificidad del desarrollo humano y en ella se integran de forma peculiar lo biológico, lo ambiental y lo específicamente socio – cultural del desarrollo de la personalidad en general, y en cada una de sus etapas.


Cada sujeto nace con determinadas estructuras biológicas que pueden considerarse como condiciones necesarias para su desarrollo pero que constituyen eso precisamente, condiciones; es preciso nacer con un cerebro humano para llegar a ser hombre. Determinadas condiciones de estas estructuras pueden favorecer o no el desarrollo y formación de capacidades en el ser humano y deben, por lo tanto, ser tenidas en cuenta en la explicación de este desarrollo.


El hombre es un ser bio – psico – social y por lo tanto, sería absurdo desconocer sus particularidades biológicas, pero las mismas no constituyen determinantes de lo que un sujeto pueda llegar a ser o no. Todo ello ha sido ya científicamente demostrado por múltiples investigaciones. Si el niño se desarrolla en el proceso de apropiación de la cultura material y espiritual que han legado las generaciones precedentes, resulta pues fundamental esas condiciones de vida y educación en las que este proceso transcurre y que están históricos, sociales y culturalmente condicionados. El niño nace en una etapa histórica determinada y, por lo tanto, en un mundo de objetos materiales y espirituales culturalmente determinados; es decir, su medio más específico está condicionado por la cultura de su medio más cercano, por las condiciones de vida y educación en las cuales vive, y se desarrolla, no se trata de un medio abstracto y metafísico. El medio social no es simplemente una condición externa en el desarrollo humano, sino una verdadera fuente para el desarrollo del niño ya que en él están contenidos todos los valores y capacidades materiales y espirituales del género humano que el niño ha de hacer suyas en el proceso de desarrollo.


El proceso de apropiación de esta cultura como factor esencial en su desarrollo, hay que concebirlo no como un proceso en el que el niño es un simple receptor sino como un proceso activo en el cual esa participación activa del sujeto resulta indispensable; en este proceso el niño no solo interactúa con los objetos materiales y culturales sino que está inmerso en un proceso de interrelación activa con los sujetos que le rodean, adultos y coetáneos. Resulta pues, tan importante las actividades que el niño realiza como las interrelaciones, la comunicación que establece con los otros, en este proceso de apropiación, de asimilación activa, como medio esencial para su formación.


El papel del adulto resulta esencial, como portador, mediador, de las formas de acción que el niño ha de realizar, hasta tal punto que no pudiéramos pensar en la posible apropiación del niño de la cultura por sí mismo, aun con la existencia de los objetos culturales, materiales y espirituales en los cuales dicha cultura se concretiza, sin el adulto y su presencia y acción orientadoras. Así, aún cuando existan los más modernos equipos de computación el niño no podría utilizarlos solo por sí mismo, resulta indispensable la mediación del otro, portador de esas acciones que organice y estructure el proceso activo de apropiación por el niño de ese logro de la cultura, de la ciencia y de la técnica. La más valiosa información puede estar al alcance de los niños en los libros más bellos y preciados. Este logro cultural permanecería ajeno al niño si en él no se logra el proceso de leer como vía de acceso a la cultura, para lo cual resulta indispensable la acción conjunta con los adultos a través de los cuales se dominan las acciones de leer y en ese proceso se desarrollan al mismo tiempo las capacidades intelectuales.

En la concepción del desarrollo de la personalidad enunciada en el transcurso de lo expresado, se puede apreciar el papel de la enseñanza, de la educación en general, en dicha formación. Por la importancia de esta relación consideramos la necesidad de presentarla de forma más explícita.


Los niños y niñas han de convivir en un grupo social, y desde pequeños deben acostumbrarse a trabajar de manera conjunta, con la satisfacción que les produce hacer cosas juntos/as en las que cada cual brinda y aporta algo.


El niño se educa para participar activamente como creador en la vida social, por ello su proceso educativo ha de estar íntimamente relacionado con los problemas de la práctica. El niño que educamos forma también parte de otro grupo social, la familia, que ejerce su influencia educativa con gran fuerza sobre él. Debe lograrse la coherencia en la dirección de estas dos influencias, de forma tal que se conjuguen armónicamente y una refuerce a la otra. Para ello es indispensable un acercamiento entre la institución infantil y la familia. En esta tarea el educador debe jugar un papel fundamental, al brindarle todo el apoyo a la familia y colaborar ambos en su educación.


Un problema crucial en la concepción del proceso educativo es el papel que en el mismo se le asigna al adulto, fundamentalmente al educador. En oposición a las tendencias en las cuales se le asigna el papel de facilitador, nuestra concepción de la educación de los niños y niñas asume la idea de que es el adulto realmente, por su posición y experiencia como tal, y básicamente el educador, que ha recibido una preparación científico – pedagógica para ejercer esta labor es quien ha de organizar, orientar y dirigir el proceso educativo de los niños, de qué debe lograr y cómo puede alcanzarlo.


El conocimiento de las particularidades anátomo - fisiológicas y psicológicas del niño en la etapa de su infancia resulta fundamental para lograr que la educadora encargada de su atención educativa pueda dirigir adecuadamente este proceso con una adecuada fundamentación científica. No se puede dejar a la espontaneidad ni al empirismo la conducción del proceso educativo; este debe responder por una parte al sólido conocimiento del niño y su desarrollo en esta etapa y por la otra, al dominio de los procedimientos pedagógicos. Todo ello, guiado por los objetivos que se planteen para alcanzar en esta etapa.