El juego y el desarrollo intelectual del niño de edad preescolar

autora: Olga E. Franco García

Afortunadamente, son muchos los convencidos de todo lo que puede potenciar el juego bien entendido, en el momento oportuno y en las condiciones adecuadas. Ese movimiento sin tregua, ese meter y sacar toda suerte de objetos, de una gaveta, de una caja; ese imaginarse y actuar como “un hábil chofer que conduce un vehículo” o un “valiente explorador que se enfrenta en la oscura noche a los peligros de un bosque” o como aquel “arrestado capitán de un barco que ordena a la tripulación navegar a toda vela”. En ese alboroto que se produce cuando hay varios niños y niñas, está la esencia misma del juego. Eso es lo normal y no debe ser motivo de preocupación, porque es dinamismo, actividad vital, imaginación, alegría y aprendizajes. Lo que nos debe preocupar es que un niño no quiera jugar, porque jugar es vivir.


Mucho más puede decirse del juego, de ese resorte maravilloso pero real que ofrece tanto a educadores como a padres, la posibilidad de influir de la manera más efectiva posible en la formación integral de los pequeños.


Cuando el niño se dedica a jugar, se sumerge en una actividad tan fecunda para su desarrollo que no hay otra que pueda suplirla. El juego es, a la vez, expresión de desarrollo y condición para ese desarrollo. En él están las necesarias esencias formativas que, correctamente encaminadas, influyen de manera efectiva en las diferentes esferas de la personalidad infantil.


Analicemos entonces detenidamente diferentes elementos que nos conducirán a reafirmar la convicción de que el juego es una actividad esencial y absolutamente necesaria para el desenvolvimiento vital de los niños.


Desde que el niño nace realiza acciones con su cuerpo, con los objetos que se le ponen a su alcance, pero cuando descubre, como cuestión esencial, “el éxito”, y ello le produce alegría, entonces sigue buscando ese triunfo, otra nueva alegría y en ello pone todo su empeño. Así, el juego permite al niño triunfar sobre algo, probar sus facultades, saber que puede.


De esta manera sencilla, atractiva, poco a poco va probándose a sí mismo, buscando nuevas experiencias, va definiendo su personalidad al conocer los “misterios” del mundo que lo rodea y se convierte en un niño que busca, que experimenta; es un niño que se hace cada vez más curioso, que se asombra y aprehende ese nuevo mundo que le ofrece vivencias que lo irán enriqueciendo.


Entonces volvemos a preguntarnos: ¿puede considerarse el juego como actividad que produce únicamente placer? Categóricamente responderemos que no. Junto al placer que el juego provoca, este va penetrando y alimentando la psiquis infantil de tal manera que permite el desarrollo.


Para todos es conocido que el desarrollo psíquico del niño ocurre durante el proceso de asimilación de la experiencia social acumulada por la humanidad y que el desarrollo intelectual, como parte de ese todo que es el psiquismo, debe verse como cuestión inseparable de este, vinculado estrechamente con la riqueza de intereses de los pequeños, de sus sentimientos, de sus emociones y de su relación directa con el mundo que lo circunda.


Uno de los componentes del desarrollo psíquico lo constituye la imaginación, pero, además, ella es elemento consustancial al juego, donde ocupa un lugar principal.


Al ver de este modo la influencia que puede ejercer en el desarrollo psíquico esa actividad vital que es el juego infantil, podemos valorar seguidamente su incidencia particular en el desarrollo intelectual.


Como ya hemos adelantado, el juego permite al niño manifestarse y a la vez satisfacer, en el más alto grado, su necesidad de actividad. Durante el juego el niño entra en un amplio y complejo sistema de relaciones con los objetos, con otros niños y con los adultos, lo que les permite adquirir numerosas nociones del mundo que lo rodea y desarrollar importantes procesos del conocimiento como son: la percepción, la representación, la memoria, la imaginación, el pensamiento, el lenguaje.


Cuando el niño manipula los objetos, percibe su tamaño, su forma, su color, el peso, la distancia entre ellos y la posición que ocupan, ya están recibiendo una influencia para el desarrollo de su mente. Al seleccionarlos y compararlos en sus acciones lúdicas, se están creando las bases de los procesos posteriores de análisis y síntesis.


Por medio del juego el niño puede precisar las representaciones que tiene formadas acerca de los objetos y del mundo en general. Si quiere construir una casita con bloques, tiene que representarse mentalmente su imagen concreta, es decir, se ve obligado a una actividad mental previa que va organizando su actividad.


Cuando debe desempeñar un rol dentro de determinado juego, ya sea de mecánico, médico, maestro, campesino, etc. el niño tiene que representarse mentalmente las formas de conducta de estas personas, las acciones que realizan en el desempeño de sus oficios o profesiones, las relaciones que tienen con otras personas... Así, mediante las representaciones y las combinaciones que establecen con dichas representaciones, se favorece en el pequeño el desarrollo de la imaginación creadora.


Asimismo, muchos estudios han demostrado cómo los procesos de la memoria y las operaciones del pensamiento ( fijación, reconocimiento, reproducción, comparación, generalización) se realizan preferentemente en las actividades de juego. Si este exige memorizar algo, o retener determinados elementos, el niño los memoriza intencionalmente con el propósito de continuar jugando, lo cual conduce al desarrollo posterior de la memoria voluntaria.


Si nos detenemos a observar el juego de los niños podemos percatarnos de que estos realizan comparaciones y llegan a generalizaciones con más facilidad, porque estas son exigencias del juego que ellos llevan a cabo.


Muchas tareas intelectuales se logran mejor en la actividad lúdica que si se les pide directamente mediante instrucciones verbales del adulto. Esto se explica porque el desarrollo del lenguaje no está suficientemente acabado, lo que impide que se organice internamente la actividad psíquica, debido a que su conducta intencional no está desarrollada totalmente. El niño en el juego actúa porque quiere actuar, no porque debe actuar.


El lenguaje también encuentra su cauce dentro del juego. Es muy difícil hallar un juego donde no existan reacciones verbales. El niño habla hasta cuando juega solo y por supuesto, un juego colectivo no se concibe sin comunicación verbal. Tanto el rol, como las acciones lúdicas le plantean a los pequeños diferentes problemas que en las propias condiciones del juego, suelen resolverse mediante la comunicación.


Cuando los niños se relacionan entre sí en los juegos colectivos, representan roles que les permite comunicarse sus impresiones, demandar acciones (lúdicas o reales); el vocabulario se va haciendo más preciso y, por tanto, el significado de las palabras, todo lo cual conduce al desarrollo de su lenguaje contextual.


El propio uso de objetos sustitutos durante la actividad lúdica, posee enorme importancia para el desarrollo intelectual del pequeño; igual significación tiene en esto, el desempeño de los roles. Ello conduce a la formación en los niños que juegan, de la habilidad de actuar en el plano de las representaciones, o lo que es lo mismo, lleva al desarrollo de su pensamiento representativo y de su imaginación.


Cuando nos referimos al desarrollo cognoscitivo debemos recordar que su esencia consiste en la formación en los niños de la habilidad de actuar con los modelos de los objetos y de las situaciones reales, al principio en el plano externo y posteriormente en el interno. Esto comienza sobre la base del surgimiento en los pequeños de la posibilidad de utilizar en sus acciones, objetos sustitutos. Tales posibilidades se manifiestan en los niños durante el proceso de dominio de los diferentes tipos de actividades y ante todo en el juego.


La formación de la habilidad de utilizar sustitutos generalizados de los personajes, conduce por una parte, al desarrollo del pensamiento representativo y de la imaginación del niño y por otra, al desarrollo de la propia actividad lúdica. O sea, el juego influye en la imaginación y el pensamiento cuando se utilizan sustitutos generalizadores de los personajes.


Por todo lo antes dicho, podemos afirmar que existe una alta correlación entre los niveles de asimilación del juego de roles y los del dominio de las acciones del pensamiento y de la manifestación de la imaginación.


Consideramos que queda suficientemente claro que el juego, como actividad principalísima en la edad preescolar, constituye un medio idóneo para muchos de los objetivos de la formación integral de los niños en estas edades; que la educación no puede desaprovechar las posibilidades que brinda el juego, no solo para satisfacer la necesidad de actividad de los pequeños, para alegrarlos, entretenerlos y hacerlos que vivan intensamente su infancia, sino, para utilizarla como una de las vía importante de influencia educativa en la esfera intelectual.

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