El espejo roto

En un cuarto de la casa que no se utilizaba, el abuelo guardaba muchas cosas: unas rotas, otras en desuso y algunas herramientas. A él no le gustaba que los niños estuvieran allí porque había mucho polvo y podían enfermar. Entre los objetos que había en ese lugar estaba un espejo muy antiguo, cubierto por una sábana, lo habían trasladado hasta allí porque se había roto, pero como era un recuerdo de familia no habían querido deshacerse de él.


Un día después que el abuelo sacó del lugar algunas piezas que necesitaba para arreglar el motor del agua, olvidó cerrar bien la puerta y Canela que era tan traviesa se deslizó por la rendija entrando sin hacer mucho ruido y sin que nadie la viera.


Husmeó por todos los rincones, destapando las cajas de cartón, volteando los juguetes, olfateando los pequeños huecos de las paredes o del piso, hasta que siguiendo un pequeño ratón tropezó con la enorme sábana que cubría el espejo, comenzó a halarla pero cuando el espejo estuvo descubierto, al estar roto, reflejaba la imagen de Canela con mucho aumento, quien se asustó y comenzó a ladrarle formando tremenda algarabía.


En eso se abrió la puerta, era el abuelo que regresaba para guardar las herramientas, Canela asustada salió corriendo envuelta en la sábana y todos los niños detrás de ella para ver si podían quitársela de encima, así estuvieron dando vuelta por toda la casa, derribando todo lo que encontraban a su paso hasta que la sábana se enredó en una silla liberando por fin a Canela.


Qué desorden, cuantas cosas en el suelo, cuando mamá se entere -pensó Paquitín- no va a querer que sigamos cuidando a Canela.


Pero se le ocurrió una gran idea, formaron dos equipos con todos los niños, unos levantaban los muebles y adornos derribados y otros barrían y botaban la basura, cuando mamá regresó la casa estaba como si nada hubiera pasado, le dieron un beso de bienvenida y se fueron a jugar aliviados.


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